Las cuatro bibliotecas de mi vida
 


Cuatro bibliotecas fueron importantes en mi vida.
La primera es la de mi infancia. No recuerdo los estantes ni los libros, recuerdo a mamá leyéndonos, incluso cuando ya sabíamos leer, la voz creando un ambiente mágico y nocturno. Esa imagen quedó, me cuesta pensar a una biblioteca como una fila recta y ordenada de lomos. Soy más bien de piso, de ronda, de familia, de comunidad.
A medida que crecimos esa biblioteca se fue disolviendo. Mi mamá consideraba que los libros no se podían quedar quietos habiendo tantos chicos sin cuentos, así que los fue regalando. No tengo libros de mi infancia y hay una sensación de dolor, de despojo ahí. Yo hubiera querido conservarlos a todos. Como contraparte tengo que decir que cada vez que me encuentro con uno, por ejemplo en una feria de usados o en bibliotecas, el libro conserva mis sensaciones infantiles intactas, sin relecturas adultas que puedan haber cambiado el sentido. Como si mamá, al desparramar mis libros por el mundo, me hubiera ayudado a preservar el núcleo vital.
La biblioteca de mi tía es la segunda. Fue mi adolescencia, un momento en el que yo necesité conversar mucho, y lo hice con autores a través de libros.
Mi tía detesta acumular, es una mujer a la que le gusta pasar el plumero y limpiar todo con enérgicos baldazos de agua. Pero los libros son su excepción. Durante años se dedicó a comprar grandes colecciones. Incluso cuando ella no las leía. Creo que intentaba armar un nido de papel para sus hijos. En el estante de arriba, el más largo, había colocado toda una colección verde de Agatha Christie con letras doradas. La cantidad de volúmenes de esa colección me impresionaba, y en parte comencé por ahí porque parecía infinita. Yo ralentizaba las lecturas de aquellos libros que me gustaban mucho solo para que me duraran más. Y esa colección prometía un crimen tras otro, una cantidad de misterio que podía durarme muchas lecturas, incluso devorándome los libros a toda velocidad. Más abajo en la estantería estaban los clásicos de teatro latinoamericano, unos volúmenes marroncitos y deslucidos con los que me entusiasmé recién en las vacaciones siguientes. Ya avanzado el secundario fueron Kundera, Vargas Llosa, Nabokov, y todos esos otros de tapas duras de Tusquets.
Fue cuando me vine a Buenos Aires que tuve acceso a bibliotecas públicas. Soy una lectora que deja sin terminar con gran facilidad los libros que no le gustan. En mis veintes usé con frecuencia la biblioteca municipal Miguel Cané y la biblioteca de un diario donde comencé a trabajar. Allí empecé y abandoné todo tipo de libros. En ambas me dejaban sacar tres tomos por vez. Yo solía llevarme uno que tenía muchas ganas de leer y otros dos sobre los que no sabía demasiado. Así pude meter las narices y luego entusiasmarme con John Irving, La epopeya del bebedor de agua me pareció de lo mejor. No había otros libros de Irving, así que fui por él a las librerías y los estantes de mis amigos.  A los veinte leí mi primer Roald Dhal. Berger y Salinger también los descubrí allí. Bolaño, por recomendación de la bibliotecaria.
La biblioteca del diario también tenía libros viejos, de esos de los que se imprime una edición y luego no los conseguís en ningún otro lado. Y la Caras y Caretas completa, cómo me gustaba esa revista. Muchas veces los libros que yo quería leer estaban siendo usado por algún periodista. O cuando yo devolvía un libro estaba siendo esperado por otro periodista. Así, de a poco, me fui armando una idea de mis colegas según los libros que leían. Hay alguien a la que secretamente consideré de mi tribu, y de la que me hubiera gustado hacerme amiga, todo porque una vez descubrí que en su adolescencia había sido lectora de los libros de ciencia ficción de Minotauro. Lo supe porque al pedir un libro de Ballard, estaba ocupado por ella. Era unos años más grande que yo, y tenía un perfil bajo en una redacción ruidosa. Fue una sorpresa descubrir que conocía Minotauro. Creo que hay una generación de mujeres que llevamos en silencio la marca de esos libros. Ella fue la primera chica que conocí que los había leído. Tuvimos una breve conversación sobre Ursula K Le Guin y William Gibson, y esa breve conversación fue suficiente, a mis veinte años, para sanar algo de la adolescencia, sentir que en el mundo había otras. Suena desmedido, casi tonto, ahora que lo recuerdo muchos años después. Y me siento muy tentada de quitarlo de este texto. Pero es así, piso, ronda, familia, comunidad. 
Los libros fueron escritos por personas. Y son leídos por personas. Y entre medio, muchas veces, también hay personas. ¿No es eso algo estupendo? Una biblioteca es un sitio poderoso.

(La biblio de los chicos no se achica. Texto escrito en defensa de la Biblioteca Enrique Banchs)

 

Taller de escritura creativa para docentes
 Voy a coordinar este encuentro con juegos y actividades de escritura.
La invitación es abierta a todos los interesados.