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Las cuatro bibliotecas de mi vida
 
Texto escrito en septiembre 2016, en defensa de la biblioteca Enrique Banchs

 
 
 
Cuatro bibliotecas fueron importantes en mi vida.
La primera es la de mi infancia. No recuerdo los estantes ni los libros, recuerdo a mamá leyéndonos, incluso cuando ya sabíamos leer, la voz creando un ambiente mágico y nocturno. Esa imagen quedó, me cuesta pensar a una biblioteca como una fila recta y ordenada de lomos. Soy más bien de piso, de ronda, de familia, de comunidad.
A medida que crecimos esa biblioteca se fue disolviendo. Mi mamá consideraba que los libros no se podían quedar quietos habiendo tantos chicos sin cuentos, así que los fue regalando. No tengo libros de mi infancia y hay una sensación de dolor, de despojo ahí. Yo hubiera querido conservarlos a todos. Como contraparte tengo que decir que cada vez que me encuentro con uno, por ejemplo en una feria de usados o en bibliotecas, el libro conserva mis sensaciones infantiles intactas, sin relecturas adultas que puedan haber cambiado el sentido. Como si mamá, al desparramar mis libros por el mundo, me hubiera ayudado a preservar el núcleo vital.
La biblioteca de mi tía es la segunda. Fue mi adolescencia, un momento en el que yo necesité conversar mucho, y lo hice con autores a través de libros.
Mi tía detesta acumular, es una mujer a la que le gusta pasar el plumero y limpiar todo con enérgicos baldazos de agua. Pero los libros son su excepción. Durante años se dedicó a comprar grandes colecciones. Incluso cuando ella no las leía. Creo que intentaba armar un nido de papel para sus hijos. En el estante de arriba, el más largo, había colocado toda una colección verde de Agatha Christie con letras doradas. La cantidad de volúmenes de esa colección me impresionaba, y en parte comencé por ahí porque parecía infinita. Yo ralentizaba las lecturas de aquellos libros que me gustaban mucho solo para que me duraran más. Y esa colección prometía un crimen tras otro, una cantidad de misterio que podía durarme muchas lecturas, incluso devorándome los libros a toda velocidad. Más abajo en la estantería estaban los clásicos de teatro latinoamericano, unos volúmenes marroncitos y deslucidos con los que me entusiasmé recién en las vacaciones siguientes. Ya avanzado el secundario fueron Kundera, Vargas Llosa, Nabokov, y todos esos otros de tapas duras de Tusquets.
Fue cuando me vine a Buenos Aires que tuve acceso a bibliotecas públicas. Soy una lectora que deja sin terminar con gran facilidad los libros que no le gustan. En mis veintes usé con frecuencia la biblioteca municipal Miguel Cané y la biblioteca de un diario donde comencé a trabajar. Allí empecé y abandoné todo tipo de libros. En ambas me dejaban sacar tres tomos por vez. Yo solía llevarme uno que tenía muchas ganas de leer y otros dos sobre los que no sabía demasiado. Así pude meter las narices y luego entusiasmarme con John Irving, La epopeya del bebedor de agua me pareció de lo mejor. No había otros libros de Irving, así que fui por él a las librerías y los estantes de mis amigos.  A los veinte leí mi primer Roald Dhal. Berger y Salinger también los descubrí allí. Bolaño, por recomendación de la bibliotecaria.
La biblioteca del diario también tenía libros viejos, de esos de los que se imprime una edición y luego no los conseguís en ningún otro lado. Y la Caras y Caretas completa, cómo me gustaba esa revista. Muchas veces los libros que yo quería leer estaban siendo usado por algún periodista. O cuando yo devolvía un libro estaba siendo esperado por otro periodista. Así, de a poco, me fui armando una idea de mis colegas según los libros que leían. Hay alguien a la que secretamente consideré de mi tribu, y de la que me hubiera gustado hacerme amiga, todo porque una vez descubrí que en su adolescencia había sido lectora de los libros de ciencia ficción de Minotauro. Lo supe porque al pedir un libro de Ballard, estaba ocupado por ella. Era unos años más grande que yo, y tenía un perfil bajo en una redacción ruidosa. Fue una sorpresa descubrir que conocía Minotauro. Creo que hay una generación de mujeres que llevamos en silencio la marca de esos libros. Ella fue la primera chica que conocí que los había leído. Tuvimos una breve conversación sobre Ursula K Le Guin y William Gibson, y esa breve conversación fue suficiente, a mis veinte años, para sanar algo de la adolescencia, sentir que en el mundo había otras. Suena desmedido, casi tonto, ahora que lo recuerdo muchos años después. Y me siento muy tentada de quitarlo de este texto. Pero es así, piso, ronda, familia, comunidad. 
Los libros fueron escritos por personas. Y son leídos por personas. Y entre medio, muchas veces, también hay personas. ¿No es eso algo estupendo? Una biblioteca es un sitio poderoso.


  
 
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Texto leído en Filbita 2014

Consigna: escribir sobre libros que hayan funcionado como puentes en tu vida, que te hayan hecho sentir que habías llegado a un lugar que no hubieras llegado de no haber existido el ¨puente¨.
 

La consigna de hoy me cuesta. Escribir sobre libros que hayan sido puentes me pone en sintonía con las grandes arquitecturas, y yo tengo que tener cuidado con eso porque me crié en el campo, en las ciudades enseguida me salgo de la vaina, me crecen los edificios y las grandes afirmaciones. Me gustaría lograr en este texto un tono pequeño, los libros queridos son como briznas para mí, forman campos que dan plumeros, se mueven cuando sopla el viento.

Pero tuve libros puentes, sí, y están ubicados en mi adolescencia, así que a riesgo de desbocarme, hoy voy a escribir sobre eso.

Mi primer recuerdo de un libro es físico: mucha sed. La sed es angustiante, Joe se acaba de tirar del globo para salvar a su jefe, Samuel Fergusson, porque ya no había más peso para arrojar y el globo se iba a pique. Y luego algo así como un desierto, mucho calor y sed. Y también la sensación posterior de placer, de agua o de reencuentro, no me acuerdo muy bien, pero deben de haber sucedido las dos cosas. Cinco semanas en globo nos lo leyó mamá cuando ninguno de los tres sabíamos leer todavía. O quizás mi hermano mayor ya supiera leer algo. Yo ahora pienso “¡mamita querida!” (y también “mamá linda”), porque mi hermano menor no pudo haber tenido más que dos o tres años. Todas las noches nos leía una parte, y si bien yo ya no recuerdo la historia, sí recuerdo la sensación de aventura, de tribus, de animales salvajes. Allí también estuvieron mis primeras lecturas sobre botánica, que luego de muchos otros vernes y salgaris, fueron tomando forma de bashos, saers, dinesens y marosas.

Debe haber habido otros libros antes que ese. Pero yo empiezo ahí. Acabo de hacer una afirmación fuerte, una afirmación puente. Y aquí otra que la cabeza me prende a continuación: si me ganara la lotería la gastaría de un solo gesto en comprarme un pasaje que de la vuelta al mundo. Los libros puentes me ponen en esta sintonía. O son la infancia y la adolescencia, no sé. Nunca más he vuelto a leer así. Es una pena y un alivio al mismo tiempo.

Hubo otros libros después de Cinco semanas en globo, y fueron muy queridos. Pero yo vuelvo a sentir esa sensación de caminata en el desierto, de arenas que raspan, de piel que se descascara y muda, de pasaje, de puente, de tomar agua al llegar del otro lado, con Un mago de Terramar, de Ursula K Leguin. Era el verano entre séptimo grado y primer año, zanja importante si hay que cruzar una en la vida, cambiar de escuela, de compañeros y de maestras. Y mi hermano mayor trajo de Buenos Aires Un mago de Terramar. Recuerdo a Ged ingresando en una escuela de magia, creando una sombra, teniendo que ir a buscar su sombra al final del mundo. Ser mago significaba, entre otras cosas, dominar la Lengua Verdadera, aquella que mencionaba por su nombre real, y muy antiguo, a todas las cosas. “He venido a darle su nombre -dice el mago que encuentra a Ged cuando es un niño-. Me encargaré de que reciba la instrucción adecuada pues mantener en tinieblas la mente de aquel que ha nacido mago es cosa peligrosa”. Con el libro en la mano y una edad parecida a la de Ged, me preguntaba si era posible que yo no me llamara Cristina y en algún momento alguien viniera a darme mi nombre verdadero.

En esas vacaciones todavía no sabía que empezaría un secundario que iba a detestar, que en cuestión de meses conocería a mi primera amiga descarada, que entrenaría natación junto al andarivel de Miguel, su piel brillando como un cardumen, y que mi primer disco sería el de Nirvana. Aún así, yo ya sentía esa sensación áspera, de contrapelo, de soledad, de no encajar muy bien en este mundo, que Ged siente en su novela.
Luego de Terramar la ciencia ficción entró a mi vida sin términos medios. Mi hermano mayor, que estudiaba lejos, traía los libros que en mi pueblo no podíamos conseguir porque no había librería. Buena parte, si no todo, del catálogo de Minotauro. Robots, viajes espaciales, misiones complejas, mujeres fuertes, con una carrera científica, que viajaban al espacio, curtían con astronautas y ese tipo de cosas. Recuerdo Cita con Rama, que todo venía de a tres y en ese misterioso asteroide descubrían un equilibrado ecosistema de pequeñas máquinas-insectos, y Asimov y sus robots, Juegos de Ender, con su maldad psicológica y las pruebas a las que sometían a un niño para convertirlo en el líder del universo, y Ballard y Farenheit y Animal farm con experimentos políticos y sociedades claustrofóbicas, Galápagos, lleno de mujeres peludas, inseminaciones y esperma.

Cruzar un puente era entregarse completamente. Y también dar con un libro en el que todo fuera nuevo. Acá, de este lado, mi secundario chato. Allá toda la vida que me faltaba vivir, que traería, sin dudas, grandes aventuras y la posibilidad de desarrollar todas mis capacidades al punto más desafiante y placentero posible.
Yo ya no leo así. Y está bien. Me gusta estar de este lado del puente. Yo ya no busco libros que me transporten sino que me enraícen.



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Cómo se me ocurren las ideas

Ensayo publicado en la revista Laberintos de la educación, página 85


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